viernes, 1 de febrero de 2013

Rabia, indignación, impotencia y tristeza...

De todos estos sentimientos, llevo impregnándome estos últimos años y sobre todo, estos últimos meses.

De momento, no puedo elegir quedarme con ninguno de ellos en concreto porque, por sí solos, no definirían nada bien mi grado de mosqueo ante lo que nos rodea.

Resulta que vivimos en un sistema, un sistema con sus reglas y normas, al que accedes desde que naces, pudiendo estar de acuerdo (o no) con él y con la dificultad que implica querer llevarle la contraria o simplemente rebelarse si no es de tu agrado. En definitiva, un sistema que logra atraparte por el más mínimo resquicio y del que sólo será posible salir combinando el futuro y un alto grado de rebeldía generalizado hacia él por parte de los diferentes actores inmersos en su interior.

Y resulta también que, dentro de este sistema -que abarca desde lo social a lo político, pasando paralelamente (Y de forma determinante) por lo económico- parece que se premia, se engrandece o se favorece, en gran medida, a personas que para nada merecen la confianza de otras, personas que quizás no valgan para un cargo importante, pero que por diversos factores que sólo este sistema y sus creadores logran entender, lo consiguen. ¿Cuál es el principal problema de este hecho? Muy fácil, relegar a un segundo, tercer o cuarto plano a las personas que de verdad merecen el respeto y la admiración de otros, personas que son muy capaces de empeñar las labores que deban ejercer y, por supuesto, esas personas que son las que pueden y deben dar ejemplo a los demás.

Estoy harto de tanta corrupción, de tanta mentira, de tanta falsa promesa y de tanto fantasma que se cree en posesión de la verdad y que no predica ni siquiera con su propio ejemplo (Todo ello en todos los niveles posibles) Muy triste, pero cierto, por desgracia.

Describiendo a esa parte visible y potente del sistema (que para nada es la que merece mi respeto) parece que no creo en una reacción, pero no es así. Simplemente yo prefiero quedarme con la parte que sé que merece mi confianza, con el pequeño luchador aislado que consigue acceder a una mínima cuota de poder para intentar cambiar todo lo malo que nos rodea, con los que creen que un cambio es posible y con el que curra y curra y muchas veces no es valorado como lo que es: alguien brillante. A todo ello, uno por supuesto, la mentalidad de que sólo el promover cambios puede crear un nuevo o nuevos paradigmas.

No me hablen de que esta crisis es económica, porque eso es sólo la punta de un gran iceberg, esta crisis es de valores y de un sistema que permite este tipo de actuaciones.

Está en nosotros el querer y poder cambiar, creamos que es posible.

Antuán

2 comentarios:

  1. Te dejo dos frases para la reflexión colectiva:

    “Necesitamos otra educación para otra sociedad y otra sociedad para otra educación” K. Marx

    "Si no existe la organización, las ideas, después del primer momento de impulso, van perdiendo eficacia" E. Guevara

    ResponderEliminar
  2. Claro, todo debe impulsarse a un cambio a través de mecanismos educativos que creen otro tipo de valores en la sociedad y no sólo eso, sino que sean capaces de arraigar en ella, pero claro, también es necesario no descuidar la otra parte tan importante que es: ¿Y con los que venimos de otras generaciones con otros valores arraigados ya, qué?

    Respecto a la segunda, para mí también es muy precisa y conveniente, es decir, promovamos cambios pero también los mecanismos necesarios para llevarlos a cabo, cómo organizar un nuevo paradigma, idearlo y actuar en consecuencia. Ir a lo loco no vale.

    Un aporte bastante bueno para este texto, la verdad!

    ResponderEliminar